viernes, 11 de junio de 2010

Galileo

Galileo
De: Mª Rosario Fuertes Melero
Galileo abandonó, triste y pesaroso, la sede del Santo Oficio de Florencia con dirección a ningún lugar.
Caminaba cabizbajo.
Por su mente vio pasar todos aquellos teoremas y leyes de física de los sabios de la Grecia Antigua: Aristóteles, Hipatia, Ptolomeo, … que se fueron diluyendo, con cada pisada que daba, por las calles oscuras de la ciudad.
Venía de la audiencia del inquisidor del Santo Oficio. Allí habían calificado sus ideas acerca del movimiento de traslación de La Tierra, y, de los planetas, alrededor del Sol, de “impías” y de “herejías”.
“¡Y sin embargo se mueve!” –exclamó en silencio para sí.
Estaba muy cansado. Había permanecido, toda la noche, en medio de un constante cruce de acusaciones y amenazas hacia su persona; pero él no tuvo ocasión de defenderse ante tanta injusticia.
Ellos vencieron y Galileo tuvo que adjurar. Se retractó de todas y cada una de sus teorías expuestas , y, pidió perdón de rodillas ,ante la presión del inquisidor.
Con las primeras luces del alba observó maravillado la supremacía del astro solar que ya empezaba a despuntar en el horizonte.
Pensó en el auténtico calvario que debieron haber vivido, sus admirados sabios griegos, algunos cientos de años atrás; ante la incomprensión de la sociedad de aquella época. ¡Cuánto sufrimiento!, ¡cuánta impotencia!
“Y sin embargo se mueve” –dijo recobrando la serenidad.
Galileo sonrió al comprobar el asombroso amanecer sobre la ciudad dormida de Florencia. La luz era especial porque la primavera estaba a punto de resurgir del invierno hostil.
Él tuvo que mentir para conservar la vida. Para que su vida siguiera amaneciendo como la de aquella mañana, en la que la Tierra seguía sonriendo al Sol en su movimiento de rotación.

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