viernes, 21 de junio de 2013

La llegada del tren

Los anocheceres veraniegos de Madrid siempre eran normales. No había nada del otro mundo: calores intensos, ancianas abanicándose mientras paseaban, obreros trabajando intensamente, jóvenes tumbados en el césped, niños bañándose en las piscinas municipales… Lo típico de un verano invadido por las continuas olas de calor. Sin embargo, la tarde del 25 de junio fue insólita. El tiempo cambió de repente. Aparecieron unas nubes negras que cubrían todo el cielo, soplaban los vientos húmedos del este y el ambiente comenzó a refrescarse. Los animales que habitaban en el zoológico enloquecieron y los perros empezaron a ladrar descontroladamente, porque intuían que algo no marchaba bien. 



Esa misma noche, un tren de mercancías procedente de Valencia se dirigía a la capital madrileña. En uno de los vagones había una enorme caja de madera sellada por unos clavos puestos en las cuatro esquinas. Mientras el ferrocarril se aproximaba a Madrid, un extraño ser se movía por los vagones y mataba a todos los que ocupaban el resto de vagones. 

El tren se paró, finalmente, en Atocha. Afortunadamente, en el andén donde pararon no había ningún pasajero. El maquinista se bajó del tren y abrió las puertas de los vagones. No salía nadie; así que, entró dentro del primer vagón. 

-¿Hay alguien? – vociferó el conductor. 

No escuchó nada, excepto el eco que rebotaba por todo el espacio. Por lo que, decidió inspeccionar todos los vagones del vehículo. En el segundo halló varias manchas de sangre. El conductor tragó saliva, y continuó con su empresa asustado. 

En el tercero encontró el cadáver de un carguero desangrado. La vista de aquel hombre se nublaba. Sus ásperas y desgastadas manos temblaban y sus dientes castañeaban. 

-El miedo no me va a vencer – se dijo a sí mismo. –Me querrán gastar una broma. 

Ese mensaje se lo repetía constantemente mientras inspeccionaba los vagones restantes, pero sus esfuerzos resultaban inútiles porque el pánico ya se había apoderado completamente de él. 

El escenario que había en los vagones registrados –sangre y cadáveres desangrados – no variaba. 

-¡Ya está bien! – exclamó el maquinista. –Esta broma no tiene gracia. 

Ahora se dirigió al último carruaje. Le temblaba la mano que sostenía la linterna. 

-¡Salid ya! – insistió el hombre. –Lo habéis conseguido… Estoy asustado, ¿vale? 

Nadie contestó. Eso acrecentó el terror del maquinista. 

De pronto, se escuchó unos ligeros pasos dentro del vagón. Los pasos que se escuchaban en el suelo subían al techo. 

-Salid de aquí – dijo el conductor. 

Alumbró a todas las zonas por las cuales oía esos pasos, pero con el miedo se le cayó la linterna y se rompió. 

El maquinista se agazapó en el suelo aterrorizado. Estaba sudoroso. Su corazón palpitaba aceleradamente y su respiración se asemejaba a la de un asmático. 

No puedes esconderte de mí. 

-¿Quién eres? – gritó dando un salto. 

Esa voz misteriosa no le respondía. Solamente se reía. 

De pronto, una sombra fantasmagórica cerró la puerta del vagón. 

-¡Déjame salir! – exclamó el maquinista golpeando fuerte a la puerta de acero. 

Puedes gritar todo lo que tú quieras. Nadie te oirá. Ahora mismo, solamente estaremos tú y… yo. 

Por la cara de aquel hombre resbalaban unas lágrimas de terror. Estaba tan desesperado por salir, que ya arañaba la puerta. Debido al agotamiento de sus fuerzas, sus piernas se hincaron lentamente en el suelo. 

Improvisadamente, aquella sombra agarró con fuerza el cuello del maquinista y lo arrastró hasta detrás de la caja de madera. 

-¡Suéltame! – insistió el hombre reiteradamente. 

La sombra no respondió. Luego, el ser rajó las arterias que circulaban por el cuello y bebió la sangre que salía. Las pocas gotas de sangre que se escapaban caían en el suelo. Después de haberse alimentado, soltó al conductor del tren. Ahora, él se había convertido en un cadáver pálido y desangrado más. 

Oscar Alonso Tenorio




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