jueves, 28 de febrero de 2008

A Nora

A Nora
De: Tomás González Santos

El mar está mudando su traje de plata
por el oro del amanecer.


La dama de noche exhala sus últimos

suspiros, llenándolo todo de su embriagador

aroma.


El jardín estalla en una sinfonía de

Colores: amapolas, jazmines, lirios, petunias y lilas compiten en belleza, visten sus mejores
galas para recibir el naciente, y aun joven día.

El vinilo da vuelta en el tocadiscos, “La vida en Rosa” me acompaña, la cascada, áspera y a la vez dulce voz de Piaf lo envuelve todo.


Mi mano se desliza sobre tu calida piel, tus rizos, sedosos, suaves como una liviana pluma se enredan entre mis dedos. Tus ojos, como la miel, me miran fijos, parece que hablaran. ¿ Que nos podemos decir con palabras que no digan nuestras miradas? .

Aun está tierno en mi memoria el día qué llegaste.

¡Cómo lo recuerdo!

Corrías a mis brazos como si te faltara el aire. Yo te deseaba, como si fueras el primer amor de mi ya madura existencia. Eras el deseo anhelado y por fin poseído.

La melodía termina. Sus últimos versos aun resuenan en mi cabeza;


“Des nuits d'amour á plus de finir

Un grand bonheur qui prend sa place

Des ennuis, des chagrins s'effacent .”

“De las noches de amor se puede morir,

Una gran felicidad toma su lugar,

Los aburrimientos, las pesadumbres

se borran”



Parece que su letra estuviera escrita para nosotros.
El mar es como si despertara, exhibe su nuevo traje.
El día va camino de su pubertad, olvidada su calida y aun reciente juventud. Yo con la nieve en mis sienes, camino hacia el ocaso de mis pasados sueños.
Los días de gozo y felicidad vividos junto a ti, solo son una sombra en la memoria

¡Como te echo de menos!

Los momentos en que mi vida transcurrió por los delicados senderos de la depresión, no tuve que pedirte ayuda. ¡Tú sabias que la necesitaba!


La enfermedad que hizo presa de mi cuerpo no pudo con mi alma, la tuya estuvo siempre dispuesta a socorrerme en los momentos de debilidad. Solo tenias que poner tu dorados ojos en mí y, las ganas de vivir volvían con más fuerza.

¡Dios, como te echo de menos!

Te sentabas a mi lado, sin pedir nada, solo me mirabas, el tiempo pasaba lento
para los dos. Creíamos que teníamos todo el tiempo del mundo y era él, el que nos tenia secuestrados en una burbuja de sorpresas.
Tu compañía fiel, sumisa, nunca interesada, ¡ni comías por no separarte! fue el mejor bálsamo para mí. Mis dudas quedaban envueltas en la dulce calidez de tu cariño.

¡Como te echo de menos!

Han trascurrido 16 años, muchos para ti, demasiados y, demasiados pocos para mi.
¡Como nos engaña el tiempo con todo lo qué amamos! Cuan rápida es su carrera y que corto el camino.

¡Como te echo de menos!

El día de tu marcha, llovía suavemente, hoy solo llueve en mis ojos.

Mi falta de valor para despedirme de ti no deja de removerse en mí cada día. No me da descanso. Nuestra despedida era demasiado para mí animo decaído...
Mi amor egoísta no puede entender el porqué de tu marcha.
Tu falta es insoportable. En cada rincón esta tu sombra, tu mirada, tu aliento. Nunca te iras de mi lado y, tal como hiciste siempre, hasta el último de mis días, estaremos juntos.


Dijiste Libertad antes que nadie,
Cuando el susurro iba de piedra en piedra
.
(Pablo Neruda).

Así será tu alma, así fue tu vida. Tuviste libertad para vivir, tomaste tu propia libertad para amar y, me diste la propia libertad de sentir que era algo tuyo y tú algo mío.
E
spérame tras de la puerta y goza de tu nueva libertad,

¡ Yo no puedo vivir sin ti!

A Nora, mí amada perrita.






Tomás González Santos

lunes, 25 de febrero de 2008

Una necesidad

Una necesidad
De: Ana Laura Vergara Mañón

Quién hay en tu pensamiento que logra tu ausencia,
Quién en tu espacio en que ya has repartido tu espera?

Yo sigo aquí, pensándote a cada instante,
con los sentimientos encontrados, de nuestra cercana lejanía,
de nuestra tan peculiar relación, de nuestra distinta forma de vivir,
cada día me salta el corazón de pensarte y saberte ahí...
Ahí con tu nueva vida, a la que no logras entender,
que quizá nadie logremos entender, y entre tantas risas,
llantos, encontronazos y confesiones, dame un momento,
permite que mi corazón te diga su historia.

Una historia de logros, llena de metas cumplidas, de besos,
de abrazos, de encuentros y desencuentros, de amigos,
de hermanos, de amor, de ti..., de mí.

Que en cada paso junto a ti, aprendí a seguir mi camino,
a ser fuerte, con cada riña, cada beso, cada abrazo, cada acierto,
cada fallo, en cada caída, en cada despedida, a tu manera me enseñaste
a construir un mundo firme el cual podemos tocar,
sentir y cambiar en la medida de lo posible,
a entender cada cosa importante, a saber que todo es y debe ser de una manera,
por mis valores y creencias, gracias porque puedo ser cada día más yo, a pesar de todo.

Mi necesidad es quizá hacerte saber lo impotente que me siento
al no poder calmar tu pena, de estar a tu lado cambiando ese matiz que aún de
desesperanza, dolor, desesperación... quisiera tornarlo en paz, que mi egoísmo
al estar lejos de ti no es otra cosa que el miedo de no poder hacer nada, de supervivencia
y de cuando llegue el momento, ese que tu sabes y que yo evito cada día,
mi única arma al estar lejos con mi cordura
es el engañarme con que quizá todo esto es un mal sueño y que estás bien,
que vendrás y que quizá, si no es así,
pueda yo ser el milagro que cure tu alma,
tu corazón, tu cuerpo, tu mente, tu sonrisa, a ti... ojalá…

Diez meses después.....

Desde el día en que te fuiste, has hablado conmigo tres veces en mis sueños,
has caminado conmigo en el campo, gracias por acompañarme
y sentarte a mi lado a calmar ese sentimiento que logra desbordar esa
nostalgia por no tenerte más aquí, intento acostumbrarme a vivir con él,
pues se que no se ira.

Hoy otra vez intentó desbordarme y has entrado aquí, te he sentido, percibí tu olor,
tu voz, tu calor, oí tu voz, pero no logre escuchar lo que decías,
y volví a sentirme tranquila una vez más, cada día en que la nostalgia me invade,
encuentras la manera o a la persona que calma mi necesidad de ti, te echo de menos.

A veces quisiera ir a ese sitio donde tu cuerpo descansa,
me da curiosidad sentir eso que hace que las personas hablen,
me imagino ahí sentada mirando tu imagen en mi mente,
contándote todas aquellas cosas que se vuelvan necesidad, triviales,
sentimentales y a ti bajando en alma a sentarte ahí a escuchar
todo lo que en ese momento me viniera a la mente.

Otras veces no sé si quiero volver,
una parte de mí suplica el ir y estar cerca de tu esencia,
de tus espacios y otra quiere trasladar todo eso aquí, y lo logra.

Logro recordar con claridad todos los momentos que pasaste aquí conmigo
y seguir sintiéndote,
no logro no llorar.

Desde el día que te fuiste, la vida aún sigue su curso,
las pocas o muchas cosas que han cambiado
lo han hecho porque así tenían que ser,
y esa parte de mí que se fue contigo aquel día sigue ahí...

Vacía, a veces dolida, quebrantada, exaltada, al no entender ese dolor tan pasivo,
por la falta que le hace saberte aquí a cada momento, cada cual,
en su tonto pensar aún desea volver para verte una vez más,
y se duele y se quebranta, cuando le digo que ya no estás, que te fuiste, que no volverás,
que sólo existes en mi corazón, en mi pensamiento,
en los buenos recuerdos y en estos momentos en que te haces presente calmando mi
pena por tu ausencia,
no dejes nunca de estar así, a mi lado.

Así hoy te honro por ser esa gran mujer, por ser mi madre,
y todo lo que fuiste y serás para mí,
por tanto pesar a lo largo de tu vida, que todo lo bueno perdure y por fin calme tu dolor.

Por el tiempo y tus respuestas a todas mis preguntas,
por tus preocupaciones, que allí, donde estés,
estés tranquila y feliz, y así sanaré todo en mí, por fin por mí, para ti.

DESCANSA EN PAZ MAMÁ.


Ana Vergara Mañón

Sombras

Sombras
De: Javier López Urraca


Aunque al principio no le dio gran importancia, lo cierto es que desde hacía algún tiempo echaba en falta su sombra.
Era una sensación entre cotidiana y extraña. Como echar la mano al bolsillo para comprobar si las llaves aun siguen ahí, mirar el reloj sin fijarse en la hora, beber sin sed, o dormir sin sueño.
Pero en cualquier caso se encontraba perfectamente bien.
Quizás no feliz o contento, pero si bien. Y además ¿Cuando había estado él feliz? Cuando era niño. Sí. Pero ¿y cuando más?
¿La habría dejado en algún sitio? Hummm, como recordarlo...
Quizás la olvidó en alguna calle estrecha cuando volvía a casa, o enredada en la luz anaranjada de una farola. Lo que estaba claro es que algo le ocurría.
Lo que antes le gustaba ahora le causaba indiferencia: Comer en la plaza los espaguetis con vegetales de Doña Lucia, el chocolate caliente, las películas irresistibles de Sofía Loren, el café muy caliente...
Vivía en un día gris. Sin SOL, pero también sin LLUVIA.
Y así, un día al levantarse, vio, conmovido, el vaivén jocoso de la sombra del cepillo de dientes. Pero de su propia sombra... ni rastro.
¿Dónde estaba su sombra? Estaba convencido de haberla visto hacia menos de un mes mientras almorzaba con su hermana, por qué su sobrino Marcos jugaba con ella.
¿Y desde entonces?
Inmediatamente se puso a buscarla.
En casa no estaba. ¡Con la colada...! tampoco.
Miró en la oficina, en cada cajón y archivador, tras la silla y en los despachos. Preguntó a los de la limpieza si habían encontrado algo raro... Nada.
Desesperado caminaba de vuelta a casa envuelto en sus pensamientos, cuando..., ¡SORPRESA! Se encontró en un viejo callejón a la vuelta de su casa, donde la encontró. Estaba en la pared, bien cómoda y holgazana. Había cogido algunos kilos, pero era la suya, sin duda.
En ese momento jugaba con otras sombras. Abrió mas los ojos y le pareció ver no una, sino todo un reino de sombras de tipo imaginables y no tan imaginables. Se sintió tan feliz al encontrarla que en su alegría casi se golpea contra el muro.
Ella también se alegró, y por medio de gestos y sombras chinescas se lo hizo saber.
Pero luego llegó la sorpresa. Su sombra se negaba a abandonar aquel reino mágico y acompañarle de vuelta a casa.
Él la espetó. Trató de convencerla, pero no era ni buen hablador, ni mala persona.
¿Que mas podía hacer? Se sentía angustiado y triste.
Se sentó sobre una caja. Apoyado en el muro su sombra lo acompaño, y por un rato se sintieron unidos como lo habían estado en el pasado.
Él no podía obligarla. Ella no quería irse ahora que era tan feliz. Aunque esta situación también la entristecía.
De repente la sombra se irguió, y como diciendo algo, desapareció.
- ¿Dónde habrá ido? - Se preguntó el hombre, sintiéndose aún más desdichado.
Al cabo de un instante reapareció. Traía con ella la sombra de un gato chico que echaba de menos rondar por otras calles y aceras.
Los presentó y ambos se miraron. La sombra del gato movió la cola. El hombre, los dedos. Y ahí está que ambos sonrieron.
Desde entonces camina por la calle un hombre elegante como un gato, que estira su cintura, sonríe y a su paso lo observa todo.
Y cada noche, eso sí, ¡cena un buen pescado!


Javier López Urraca


Dibujo de: Javier López Urraca

jueves, 21 de febrero de 2008

Último sueño

Último sueño
De: Beatriz Hernando

Mira en lo que nos hemos convertido. Tu sentada ante el televisor. Y yo…. Sí, yo estoy aún aquí, contigo. Pero no me quieres escuchar y yo ya no sé cómo solucionarlo. No sé cómo hemos podido llegar a esto. ¿Por qué no dejas de mirar la televisión y me miras a mí? No entiendo nada. ¿Dónde has ido? ¿Dónde he ido yo? ¿Dónde estamos? Nada de esto tiene sentido. Me gustaría que volvieras y que todo fuera como antes pero he acabado comprendiendo que no es posible.

Te miro y recuerdo aquel día que te vi por vez primera bajando las escaleras de la facultad. Llevabas esa preciosa melena morena suelta e ibas con una carpeta llena de apuntes. Unos pantalones cortos dejaban ver la belleza de tus piernas y la camiseta era tan corta que podía verse tu ombligo. Ese ombligo con el que tantas veces después me has dejado juguetear. Te dirigías a la cafetería y chocamos. Tus hojas y las mías se entremezclaron. Tras agacharnos y levantarnos pude ver mejor tus ojos verdes. “¿tienes algo que hacer?”- tu voz me pareció angelical y era lo único que podía oír a pesar del bullicio que había en aquel pasillo.

Acabamos tomando unas cervezas en la cafetería y mientras yo me quedaba embobado e intentaba despertarme veía cómo ordenabas tus apuntes y los míos. De repente sentí un fuerte golpe en la nuca. Era mi hermano, que había acabo sus clases. Se metió en medio de la conversación, que nunca recordaré de qué iba y dos meses después estabais saliendo. Pasaron los años y acabamos graduándonos juntos. En el viaje de fin de carrera, aprovechando que lo habías dejado con mi hermano, te hablé de mis sentimientos. Recuerdo que me pediste tiempo y eso hice, esperarte. Cuando por fin te decidiste me hiciste una de las personas más felices y te prometí que no te dejaría sola. Así he hecho todos estos años. Hemos pasado por muchas cosas. La enfermedad de tus padres, la de los míos, la muerte de tu hermana de cáncer y la desaparición de mi sobrino, del que aún no sabemos nada y hemos estado juntos. Pero ahora me siento solo. Siento que me has abandonado. Sí, tú cuerpo está aquí pero ¿qué ha sido de tus recuerdos? ¿De todo lo que hemos vivido? ¿Qué ha sido de estos 25 años, como pareja? ¿Y de esa voz que me decía que me quería? No espero respuestas, ya hace mucho que no las espero y aunque no lo he comprendido aún, sé que no puedes dármelas. Estabas tan llena de vida y ahora tu cuerpo casi está inerte y tu cerebro seco como una pasa. No puedo hacer esto sólo. Pero no hemos tenido hijos a los que poder pedir ayuda y las del gobierno no llegan y si lo hacen son insuficientes.

Pero ¿Me ves? ¿Me entiendes? Mírame y hazme un gesto de que me entiendes, de que te llegan mis palabras o de que sabes quién soy. Mira. Mis ojos están húmedos. No han parado de llorar en todos estos días desde que me dejaste de hablar. Te echo de menos, cariño. A veces me parece ver que me miras y me entiendes. No sé qué significa esa media sonrisa Ojala esto sólo fuera un sueño, una pesadilla o una simple broma tuya pero no puede ser. Son ya dos años viviendo así. ¿Sabes? Me han preguntado por ti. Todos me preguntan por ti. Te echan de menos, igual que yo. Me dicen que eres muy joven, que no debería estar permitido llegar así a los 50. Y yo sólo puedo responderles que todo fue muy rápido y que nos dimos cuenta demasiado tarde. Entonces siempre se hace un silencio. ¿Quieres algo? ¿Estás bien? No entiendo qué me quieres decir con esos ruidos. Bueno, ya va siendo hora de irse a dormir. Desde hace dos semanas ni siquiera te quejas de que te coja. Cuando empezamos a vivir juntos me decías que me acostaba muy pronto y me obligabas a quedarme contigo en el sofá un poco más. Yo me quedaba dormido en tu regazo, como un bebé, por eso me llamabas tú bebé. No sabes cuánto hecho de menos aquellos momentos. Pero venga, ahora a dormir. Y cada vez me cuesta menos cogerte, quizá sea porque me he acostumbrado a llevarte de un sitio para otro y no me parece que peses tanto o que de verdad has perdido peso. Ya estas, en el lado que siempre te ha gustado dormir, junto a la ventana para poder sentir la brisa del verano. Mira, cuántas estrellas han salido hoy. Quieren despedirse, hoy no vienen solo a darte las buenas noches, y la luna no está tan brillante, está triste y apagada. No sonríe como cuando la mirábamos hace dos años. Tomate esto, así bien. ¿Está fresquita, verdad? Ahora túmbate, así. Hoy te toca a ti dormirte sobre mí. Prometí no dejarte sola y lo cumpliré. Me toca a mí. Beberé un poco yo también, así dormiré antes y mejor…

Beatriz Hernando

lunes, 18 de febrero de 2008

De Estrecho a Alvarado

De Estrecho a Alvarado
De: Pilar del Campo Puerta

[Relato ganador del concurso de literatura de la UCM "La Biblioteca de Babel"]


LAURA, esta mañana ha elegido un sobrio conjunto negro: pantalón, chaqueta, zapatos, bolso y un prendido en el pelo a tono.

De cuando en cuando, entorna los ojos para retener la última conservación con él, su última mirada y su inconfundible aroma.

Viene del notario. Hacía días que había recibido la citación, esa que tanto esperaba, y que era la trigesimocuarta vez desde que le conoció hace tres años. Nunca se mermó en Laura las ganas de que llegasen los 6,16 y 26 de cada mes, a las 17 horas en el número 42. Pero hoy, todo ha acabado como finalizan los encuentros con los notarios: con unas volátiles palabras, una mueca de monalisa y el propósito vano de nueva cita, que ya no viene a cuento. Su relación se ha esfumado, como las cenizas del tío Augusto a los aires del sur; el pecado y el remordimiento; o la herencia del finado en manos de sus herepídetas.

Laura, ataviada con el mismo traje de cuando se abrió el testamento del tío Augusto, dijo adiós a la trincafía de meses. Y con la misma negritud que la hermoseó un día de lutos y primera cita, hoy, sin tales, pero igualmente espléndida, recobra la libertad.

Sentada con las piernas muy juntas y el bolso en el regado, pese a llevar los ojos entornados, el carmín de su boca no puede reprimir la afufa sonrisa.

CRIS, afincada en su particular universo, no cuesta adivinar que sus oídos están llenos de váyase a saber que sintonía. Mira al frente con una impertinencia que se pierde en el horizonte y sin emitir ningún signo de traspaso sensorial, cruza una pierna sobre otra. La ropa ancha desdibuja un cuerpo delgado a punto de desfallecer, a la par unánime con la palidez de sus mejillas y sus lacios cabellos de dos o tres tintas, según el reflejo de la luz.

Sólo tiene dieciséis años, pero lleva a su espalda una carga que parecen treinta. Se levanta temprano porque duerme mal y quema sus pulmones con los cinco o seis cigarros primeros de la mañana; tortura su estómago con doce o catorce horas de ayuno, y taladra su cerebro con decibelios no permitidos.

A Cris le gusta estudiar, es lo que la salva, dice su madre, porque si no, con esas trazas y esas formas, su futuro augura una negrura tan rotunda como la vestimenta de Laura. También la gusta leer, pero sólo gore; y en más de una ocasión ha afirmado que el sabor de la sangre la fascina.

Cambia de postura y ahora flexiona la pierna mientras posa un talón sobre el asiento a la vez que enrosca el resto de su frágil silueta sobre la rodilla. Ahora, la profunda y dulce mirada se le ha caído al suelo.

CAMILA lleva un libro entre las manos: Madame Bovary. Va por la página 32 pero su impaciencia la arrastra hasta la 50, sigue a la 69 y luego a la 83, con ojeadas rápidas. Como acto reflejo cierra el libro y lo vuelve a abrir. Sigue leyendo.

Mientras sujeta el volumen con una mano, con la otra acaricia la oreja que soporta cuatro arillos de diferentes tamaños, algunos a juego con las tres sortijas de la mano y una del pie. Este año Camila se ha puesto pronto las sandalias de hace cinco temporadas, pero que soportan bien sus más de 80 kilos, porque la comodidad impera. Las mismas, ofrecen la extraña cualidad de que solo dejan ver tres dedos de cada pie ¿Dónde están los otros? ¿Tal vez, Camila esté mutilada? Como sea que fuere, su calzo del 35 es demasiado pequeño para su 1’53 de altura y un 110 de sostén.

Madame Bovary, es un préstamo de la biblioteca donde acude cada día ocho horas a limpiar. La eligió por la cubierta, de color rosa, y la tipografía, pues su presbicia sale al encuentro con dos diotrias, y ella, coqueta, no pasa por adjuntarse a unas gafas. Le gusta lucir la mirada y no dejarla caer como Cris.

La cara de preocupación de JIMENA delata la pérdida de cobertura del móvil. La conversación es crucial para su mejora. ¿Laboral o personal? Pero mientras las ondas llegan se afana practicando respuestas a las hipotéticas preguntas del 600300999, y meditando si devolver la perdida al 611223445. O mejor, contactar directamente con el 666888777.

Jamás intuyó Jimena que su afán por las letras la llevara a los números de manera tan irremediable; y lo más significativo es que, pese a la memoria del impertinente, molesto e imprescindible artilugio multimodélico y polifónico, las neuronas de Jimena está tan exultantes que se sabe de “pe a pa” los listines, y que su pulgar, más largo que el de Camila, se desliza por las teclillas apelmazadas, con la misma rapidez con que Laura se ha desecho de ataduras y Cris deja caer la mirada.

Nunca pensó llegar a ejecutiva, ejecutando como nadie, todo con lo que antes había estado en contra, contra su voluntad. Y a voluntad de las redes, la cobertura sigue ausente y la impaciencia empieza a horadarse, intuyendo que entre la ausencia de comunicación se han colado tres mensajes, un 606060607 y un 622344566, lo que la lleva a entonar una cancioncilla improvisada mientras se acompaña, a golpe tamborilero, con los dedos, sobre la barra que sostiene su figura de “barbie”.

AURORA es callada. Siempre lo ha sido. Sus frases son cortas. No habla por no pecar. No le gusta el ruido. No soportaría los decibelios de Cris. Ni las sandalias de Camila. Hoy hace calor. Teme que siga así todo el verano. La gusta la lluvia. Poca gente hay que le guste la lluvia. Pero Aurora es especial. Dice que el nombre se lo puso su madre. Que nació al alba. Alba se llama su nieta. Ella, Aurora. Guarda silencio hasta con la mente. Silencio, silencio, silencio.

Descubrió los pantalones a más de los 70 bien cumplidos y desde entonces, dice, esconde las varices. Pensó que perdería feminidad. Pero luego afirmó que ganaba comodidad. Ahora a los 80 más que cumplidos se atreve con el vaquero. Aurora es callada y no da explicaciones. Tampoco las dio cuando decidió oponerse al luto. Jamás se vestiría como Laura. Salvo los pantalones. Y a decir verdad, cuando se los puso se sintió protagonista. Al fin podía tomar las riendas de su voluntad tantas veces ultrajada de palabra y obra. ¿Y la soledad? No la afecta. Cada día recorre el mismo camino para tomarse un café de invierno o una horchata de verano. Dos gustos distintos y estimulantes.

Cómo pregonar a los vientos que asesinaría al ocurrente que la inscribió como Bonifacia en plenos 60, para llamarla BONI, pudiendo haber engrosado la lista de maricarménes o marialuisas. Que era nombrarla en el colegio y la daba un subidón sin nombre: Bonifacia de tal y tal. Boni, respondía ella; y enseguida quedaba asociada a un bollito de chocolate, rico en colesterol e hipercalórico que regalaba cromos.

Llevaba como dolorosa cruz su doble identidad, inidentificándose con ella, hasta que un día, entre copas y magno augurio de atracción ¿fatal? le salió: Ivón. Me llamo Ivón. Desde ese día anda más segura que con una Evax.

Una voz enlatada anuncia que la siguiente estación está próxima y noto cómo se me acaba el tiempo. En un arranque de furiosa contrariedad, hubiera tirado de la manivela para detener el convoy durante los minutos precisos para acabar la imaginada vida de sus ocupantes; viajeras distantes, extrañas unas a otras y al margen de mis devaneos. Observo cómo cada una va cerrada en su burbuja transparente que trasluce solo unos pocos detalles, que yo, observadora de vocación y construye-historias de profesión, sin desprender mi mirada de un cartel que indica la línea completa del trayecto, por no dar muestras de mis desatinos, voy trazando sus vidas tangenciales e ¿irreales? Nadie nos ha presentado ni lo hará nunca a menos que el destino caprichoso así lo quisiera; por eso, a empeño de mi mente, adjudico a cada una pasaporte que yo misma me encargo de rellenar.

De Estrecho a Alvarado no da para más. Dos de ellas se ponen en pie mientras el convoy va perdiendo velocidad pero, a escasos diez metros de entrar en la iluminada estación, el semáforo obra el milagro de cortarle los vuelos.

Así es como puedo deducir y concluir que Laura permaneció al lado del notario mientras los trámites legales de la herencia se llevaron a cabo, pero que una vez comprobada su escasa fuerza de amante decidió cambiar de toga. Aquella mañana Laura tomó el metro porque el coche oficial del notario había olvidado por completo el camino de regreso a casa.

Cris siempre va en metro porque es donde mejor se cuela. Está decidida a ser médico aunque todavía le queden mucha doctrina por asimilar. El contacto con la sangre le es tan vital que aspira a ser cirujano, claro que con esta pinta, como dice su madre, ¿habrá quien se fíe de sus manos? Con que lo haga de su mirada, basta.

A Camila no le queda más remedio que seguir escogiendo las lecturas por la cubierta y la tipografía; y trabajar como una mula para llenar de arillos la otra oreja. Pero como piensa que mientras tenga trayectos de una hora y le presten los libros…

Jimena, anda como loca en busca de la cobertura. Saca una botellita de agua y da un trago en prevención de la boca seca antes que answer the question ¿Tendrá que dar explicaciones? ¿Y si no fuese agua? Puesta en pie, arde en deseos porque las puertas se abran.

Aurora, está en una encrucijada. Hace tiempo de café y de horchata a la par pero no quiere fusionar sabores. Hace años mezcló lo amargo y dulce de la vida y no le sentó bien; por eso, mientras se decide, opta por comprar unas lanas para tejer. Sigue sentada hasta quién sabe qué objetivo.

Ivón desterró para siempre a Boni con la voluntad, pero no es suficiente. Hoy tiene dos citas importantes: una con un cirujano plástico, y otra con un banquero. La llaman loca, pero ella anda cuerda. Se me escapa y temo no reconocerla la próxima vez.

Y de mí que decir, cuando llegué al vagón ya estaban ellas y al cerrarse las puertas conté que íbamos siete mujeres en un vagón y entonces me solté. El reino femenino solo ha durado un breve trayecto, pues enseguida unas lo han abandonado, y han llegado otras y otros con talante invasor. Yo, cual espectro de Ghost y superada mi claustrofobia, sin prisa, acomodada en el último asiento del metropolitano vagón, saco unas cuartillas de la cartera y comienzo a escribir esta historia antes de que otra me asalte el espíritu.


Pilar del Campo Puerta