jueves, 24 de noviembre de 2011

Un sueño tranquilo

Un sueño tranquilo
de: Lur Ochoa García



Como muchas noches, ya tumbada en la cama, Emilia abrió el libro por donde continuaba su lectura, no sin antes colocarse las gafas de cerca que le había recomendado el oculista desde que cumplió los cincuenta. Leyó:
«–Póngame dos riojas.
–¿Lioja, tinto?
–Dos riojas, mujer. Sí, tinto, tinto.
La mujer asintió. Esbozó una sonrisa a ambos hombres y segundos después desapareció en el interior del almacén.
–Estos chinos no se enteran de nada.
–Se están haciendo con el comercio del barrio. Para cuando te des cuenta ya seremos nosotros los extranjeros.
Al otro extremo de la barra, un joven se termina el café, coloca dos euros sobre la cristalera que cubre las tapas y se marcha.
–Vaya –dijo uno de los dos hombres clavando la mirada –Y ese que acaba de salir es el hijo de la Encarna. Pues no tiene pluma ni nada el chaval –añadió, haciendo ademanes y demás aspavientos con las manos apoyadas en la cadera.
–Ten cuidado a ver si se te va a pegar, que ahora está de moda el ir perdiendo aceite, si hasta en la tele se les ve haciendo el gandul.
Contra vosotros siempre, que dais a los muchachos gotas de sucia muerte con amargo veneno. Lorca, un gran poeta pero…
–¡Maricón perdío!
–A quien le toca la china, le toca.
La mujer que les había atendido momentos antes, salía en ese instante del almacén con una botella de vino en las manos.
–Pues a la china esta ya le ha tocado lo suyo.
–Y nosotros sin trabajo.
–Sí, eso también es un fastidio.»
“Tiempos turbios estos de antaño” –pensó Emilia. Colocó el marca-páginas donde hubo terminado de leer, no sin antes contemplarlo: era una antigua foto de sus padres de quien había sacado su tez oscura de origen africano. Al rato, se incorporó hacia su izquierda para besar tiernamente a su compañera en los labios ya dormidos y, dando media vuelta, se sumió en un profundo y tranquilo sueño.

Lur Ochoa García

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